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Acompañamiento emocional: cómo duele cuidar lo inevitable.

  • Foto del escritor: Kike Laporta Berki
    Kike Laporta Berki
  • 5 oct 2025
  • 2 Min. de lectura

En los centros sociosanitarios dedicados a personas mayores, quienes trabajan allí construyen relaciones profundas con quienes viven sus últimos años de vida. No se trata solo de atender necesidades físicas: se trata de escuchar sus historias, aliviar su dolor, compartir silencios, ofrecer compañía incluso cuando ya no hay curación posible. Esa cercanía genera satisfacción, sí,

pero también un peso emocional que crece con cada pérdida.



El vínculo afectivo que surge entre cuidador y residente es real. Con cada gesto –una palabra amable, un abrazo, una escucha– se teje una relación humana. Y cuando la muerte llega, ese lazo no se rompe de golpe: duele. Esa contratransferencia, es decir, cuando el cuidador internaliza emociones del residente –su malestar, su tristeza, su resignación– repercute en su propia salud emocional. Porque no es un paciente, es alguien que se convirtió en parte de su día a día, de su rutina, de su cariño.


En España, los profesionales de residencias reportan que muchas veces no hay espacio para procesar esas pérdidas. No siempre hay formación ni apoyo institucional para manejar los duelos profesionales, ni protocolos que reconozcan el desgaste emocional al que se exponen quienes acompañan a personas mayores en su última etapa. Estudios sobre el cuidado emocional en residencias señalan que el personal padece estrés crónico, culpa, tristeza acumulada, agotamiento también físico y psicológico.


El cuidado compasivo no solo implica capacidad técnica, sino también reconocer los límites humanos. Saber cuando aceptar que algo ya no puede mejorar, pero seguir estando presente con dignidad. Para eso, el profesional necesita apoyo: espacios de reflexión grupal, acompañamiento psicológico, reconocimiento institucional —que no solo valore lo que hacen, sino también cómo se sienten haciéndolo.


Porque si el profesional no se cuida, si no procesa sus propias pérdidas, esas relaciones acumuladas pueden transformarse en un desgaste que se vuelve crónico, perdiendo no solo bienestar personal sino calidad de atención.


 
 
 

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